Ranya fue la primera persona que Ane y yo conocimos en Jerusalén. Y Ranya fue,
también, una de las razones por las que nos decidimos por el piso que se
convertiría en nuestra casa durante los tres meses siguientes; probablemente,
de las más importantes. Ranya era la mezcla perfecta de lo que necesitábamos ahí:
de madre francesa y padre marroquí, trabajaba en el Consulado francés, por lo
que ya de primeras compartíamos ocupación e intereses. Llevaba en Jerusalén
algo más de un año, y anteriormente había hecho su intercambio en la Universidad
de Al-Quds, en Cisjordania, de manera que estaba bastante familiarizada con la
región. De ahí que, cuando Ane y yo salimos el domingo 2 de julio del pequeño piso
con bóvedas de piedra cerca de la Puerta de Damasco ya supiéramos que, aunque
nos quedaran otros tres apartamentos por ver, ése era el nuestro. Porque no
sólo la casita era de cuento: el hecho de compartirla con una chica con nombre
de princesa árabe que era un puente entre nuestra cultura occidental y la vida local
era una oportunidad que no podíamos desaprovechar. Y, efectivamente, creo que
nuestra experiencia no habría sido la misma sin ella.
Un
día Ane y yo comentamos que Ranya era como nuestra hermana mayor de Oriente
Medio. Le admirábamos muchísimo. Tenía una sonrisa dulce y tímida, con la que
cada mañana nos deseaba: “Have a good
day!” antes de irse al trabajo. Hacía yoga en Ramallah y dos días a la
semana corría con un grupo llamado Right
to Movement, que a través de este deporte defiende de manera simbólica el
derecho a la libertad de movimiento del colectivo palestino. Por eso su
manifiesto reza:
“Llamamos
a corredores de todos los niveles.
Corremos
para manifestar nuestra libertad de movimiento.
Corremos
por aquellos -y con aquellos- que se ven privados de ese derecho.
Corremos
para contar historias desde nuevos rincones del mundo.
Corremos
para construir puentes culturales en vez de muros.
Corremos
para inspirarte a que hagas lo mismo.
Queremos
movernos. Muévete con nosotros.”
Ranya nos hacía recomendaciones que Ane y yo seguíamos a rajatabla. Fue Ranya quien nos
sugirió museos, tiendas, y múltiples sitios que acabamos frecuentando en
Jerusalén y en Ramallah. Con ella podíamos comentar aspiraciones de futuro y
compartir anécdotas del pasado o intercambiar pareceres respecto a la situación
política en la región. Al fin y al cabo, Ranya ya había vivido un par de años
en los Territorios Ocupados a ambos lados del muro. Por eso Ane y yo pasamos
horas sentadas en los sofás de la salita escuchando las historias que Ranya nos
contaba en vez de leer los libros que nuestro cónsul nos había prestado.
“¿Te
ves quedándote a vivir aquí?”, le preguntamos.
“No
lo sé”, contestaba pensativa untando su pita de hummus. “Es difícil”.
Nos
contó la impotencia que le generaba la situación. Ranya tenía muchísimos amigos
palestinos y no habían sido pocas las veces en las que había vivido realidades
que a los ojos de una chica que había crecido en Europa resultaban impactantes.
Relataba abstraída y con la mirada baja cómo se sintió en su intercambio en la
universidad de Al-Quds al darse cuenta de que, mientras ella volvía en Navidad
a su casa en Francia, muchos de sus compañeros no podían ni siquiera visitar
Jerusalén, a escasos kilómetros, porque un muro se lo impedía. Nos contó que
cuando se iba de camping con sus amigos no podían llevar cuchillos, porque de
verles la policía israelí con ellos podían tener problemas. Y la rabia que
sintió cuando el taxista que le llevó un día al aeropuerto le sugirió que
fueran con tiempo ya que iban a tener problemas porque “Ranya” era un nombre
árabe. El taxista tuvo razón.
“No
quiero dejar de indignarme ante esas cosas”, nos explicaba seria, pensativa,
profunda, en respuesta a nuestra pregunta. “Tengo miedo a que, si me quedo
demasiado tiempo, acabe acostumbrándome a que pase eso, como les pasa a muchos
aquí, y lo vea normal. Quiero seguir indignándome. No quiero aceptar que pasen cosas
así.”
Con
Ranya aprendimos un montón. Como ella era musulmana, nos explicó muchísimas cosas
de su religión. No practicaba demasiado, pero nos aclaró todo lo que nos
intrigaba del islam. Ane y yo encontramos una copia del Corán en inglés en un
cajón de nuestro cuarto, y ella nos señaló y nos recitó en árabe los versos con
los que suele empezar toda oración a Alá. Nos contó su experiencia la primera
vez que fue a rezar a la Mezquita de La Roca, en Ramadán. Según dijo, a Alá hay
que rezarle en árabe, por eso la Waqf (la guardia jordana que se encarga de la
custodia de los lugares sagrados para el islam en Jerusalén), para controlar
que los que acceden al complejo son fieles, a veces les pide que reciten esos
versos. Así fue cómo Ane y yo abandonamos nuestra tan planeada travesura de infiltrarnos
y colarnos en el complejo durante un rato de oración. (Confieso que habíamos
llegado a ver tutoriales en YouTube para aprender a ponernos el hiyab).
Ranya tenía un novio, Mahmoud. Vivía en Beit Hanina, un barrio palestino de
Jerusalén Este. Un día intentamos hablarle en árabe con nuestros escasos
conocimientos del idioma y no nos entendió nada, así que abortamos misión.
Mahmoud cuidaba de Ranya como de una princesa. Uno de los mejores recuerdos que
tenemos Ane y yo de ellos fue un día en el que empezamos a hacer ese típico cuestionario
de revista cursi de Veintisiete Preguntas Que Si Las Respondes Con Otra Persona
Será Como Si Os Conocierais De Hace Más De Diez Años, al que se acabaron
uniendo Ranya y Mahmoud. “Si pudieras elegir a cualquier persona del mundo, ¿a
quién elegirías como invitado para una cena?”; “si una bola de cristal pudiera
decirte la verdad sobre ti mismo, tu vida, el futuro, o cualquier cosa, ¿qué
querrías saber?”; “¿Cuán cercana y unida está tu familia?” Mientras Ranya tendía
la ropa, bastó que Mahmoud se abriera tan sólo un poquito con las dos
compañeras de piso de su novia francesa para que nos diéramos cuenta de lo
afortunadas que éramos.
Aunque
coincidíamos mucho también fuera de casa porque inevitablemente las tres nos
movíamos por los ambientes de los consulados y disfrutábamos mezclándonos en
los eventos de los lugareños, el día en el que Ranya más ejerció como hermana
mayor fue cuando nos llevó con sus amigos a tomar algo en Belén. A Ane y a mí
se nos iluminó la cara ante la propuesta, porque siempre habíamos querido
conocer a la gente que hacía que Ranya se sintiera tanto como en casa. Su amigo
Nader nos llevó y nos trajo en coche una noche de septiembre, cuando apenas
quedaban unos días para que terminara nuestra aventura.
“Tiene
una vida entera hecha aquí”, comentaba con Ane en el coche de vuelta después de
habernos asomado un poquito más a la vida de nuestra Ranya. “Le va a resultar tan
difícil…”
***
Según
parece, Ilai es uno de los nombres para hombre más comunes en Israel. Ilai fue también
el nombre de nuestro primer amigo judío.
Le
conocimos en la azotea del hostal en el que nos habíamos alojado los primeros
días para poder elegir tranquilamente piso, el Abraham Hostel. En realidad Ane
y yo ya habíamos hecho el check-out y estábamos de mudanza, pero decidimos descansar
un ratito. Era 4 de julio y el personal del hostal estaba decorando la terraza
con motivos americanos por el Día de la Independencia. Ilai se sentó a nuestro
lado en el sofá con el portátil y le preguntó a Ane por la contraseña del WiFi.
Sin embargo, no le dejamos hacer mucho uso de Internet.
Ilai tenía veintisiete años y era pianista profesional. Tocaba desde los nueve, y a
los once ya sabía que se iba a dedicar a ello. La primera vez que quedamos con
él apenas unos días después nos hizo un detalladísimo cuestionario acerca de
nuestra familia y amigos, insistiendo en que era importante saber ese tipo de
cosas de la gente porque explicaba mucho de su personalidad. A pesar de que a
Ane y a mí nos chocara inicialmente, acabamos viendo que tenía razón. Así, cuando
le tocó a él contarnos su historia entendimos que nuestro nuevo amigo tuviera
vocación de artista teniendo en cuenta que sus padres se habían conocido en un museo,
que el trabajo de su madre había consistido en hacer exposiciones artísticas, y
que su hermano pequeño era escultor. Que Ilai hubiera crecido entre teatros y galerías
de arte también explicaba que una vez que perdió un vuelo en Madrid dedicara
las doce horas vacías que le quedaron hasta coger el siguiente avión en ir a
visitar el Museo del Prado.
Ilai era alto y alargado. También eran alargadas su nariz y sus dedos, perfectamente
esculpidos por las teclas del piano. Tenía el pelo medianamente largo y ese
aire bohemio que caracteriza a todos los artistas, y una sonrisa tímida en la
cara muy difícil de borrar. Su inglés era perfecto: había pasado el último año
en Nueva York, donde le había surgido una gran oportunidad para su futuro
profesional. Por eso, Ane y yo le preguntamos intrigadas por qué había vuelto y
no se había quedado a vivir allí.
“En
hebreo tenemos una expresión que significa algo así como “ser un traidor””, nos
explicó. “Es como… que los judíos que somos de aquí sentimos que no podemos
bajarnos del barco y dejar a los nuestros… No después de todo el esfuerzo que
supuso para nuestros padres llegar hasta aquí”.
Su padre, un hombre ya mayor, llegó a Israel en 1971. Vino de Rusia atraído por la idea de vivir en un Estado para los judíos. Ferviente sionista según nos describió Ilai, nunca fue, sin embargo, e igual que sus hijos, un judío religioso. Cuando nos contó esto acompañados por shakshuka, hummus y gnocchi en el Tmol Shilshom, un restaurante donde los cócteles llevan nombres de escritores, Ane y yo saltamos con una de las preguntas que más nos rondaba desde que estábamos ahí:
“Pero Ilai, si tu padre no es judío religioso y aún así se define como sionista,
¿entonces…? Quiero decir, si la religión no es algo que compartáis
necesariamente, ¿qué significa realmente ser judío?”
Miró
pensativo hacia su plato mientras gesticulaba con sus finas manos, como
queriendo ordenar sus ideas.
“Pues…
en realidad es que es una idea más general… Supongo que se refiere a una
cultura, una tradición… literatura, arte… un pueblo”.
Que
Ane y yo nos preguntáramos eso tenía su sentido, y no significaba que ignorásemos
que todos esos atributos fueran constitutivos, más incluso que una religión
común, de la identidad de un pueblo; ni el importante matiz de que el sionismo,
como tal, es un movimiento de carácter laico, independientemente de que en un
momento naciera de una nostalgia de origen religioso de retornar a la Tierra
Prometida tras la expulsión del pueblo judío a principios del siglo II d.C. El
motivo de nuestra confusión radicaba en que nos habíamos topado con una ciudad
en la que veíamos que la identidad judía se manifestaba en gentes, comidas, y
estilos de vida procedentes de todo el mundo, y totalmente dispares entre sí.
Así
fue como Ilai nos aclaró a las dos recién llegadas que se habían visto abrumadas
por kipás, jaredíes, y múltiples símbolos religiosos las fronteras entre la
religión judía y la corriente que, a raíz de la influencia de los nacionalismos
durante el siglo XIX, defendería la idea de “un Estado para el pueblo judío”
que pusiera fin a tantísimos siglos en el exilio y que se crearía en su
territorio histórico: la antigua Tierra de Israel. Igualmente, según nos dijo, y
precisamente por esto, no todos los judíos ultra ortodoxos son sionistas, ya
que Israel no es un Estado creado por Dios, sino por las personas.
Entre
minuciosas descripciones de nuestros amigos más cercanos y anécdotas de lo más
variopinto de nuestro amigo israelí, Ilai nos enseñó sus rincones preferidos de
Jerusalén. Como Ane y yo por alguna extraña razón pasábamos por locales, Ilai nos buscó un nombre hebreo para cada una: el de Ane fue Maia, y el mío, Noa. También
nos llevó una noche al cine a ver una película norteamericana. Al salir, Ane y
yo nos dimos cuenta del choque que suponía el mundo de la peli (es decir,
nuestro mundo occidental) en comparación con la realidad que ahora nos rodeaba
veinticuatro horas al día. Se nos había olvidado por completo.
En
tanto que Ilai al final sería nuestro referente más cercano de la cultura judía,
le abrumábamos con todas las preguntas que se nos pasaban por la cabeza:
“Oye Ilai, ¿y por qué el candelabro ése de siete brazos —menorá, creo que se llama— es tan representativo de la cultura judía? ¿Qué
significa? ¿De dónde viene?”
De
nuevo, Ilai se quedó pensativo dibujando en el aire, buscando la respuesta a
nuestra pregunta.
“Pues
la verdad es que no estoy muy seguro… Lo miraré en Google y os diré”,
respondió, provocando nuestra risa.
“¡A
Google también le podemos preguntar nosotras, qué morro! ¡Ilai, pero que lo
tenéis por todas partes! ¿Cómo no sabes qué es?”
Un
día Ilai nos llevó al Museo de Israel. A Ilai le gustaba la pintura, así que,
tras corroborar que nosotras también preferíamos esa sección –el Museo de
Israel es enorme y tiene de todo–, nos llevó a perdernos entre cuadros. Se lo
conocía al dedillo. Resulta que había sido precisamente en el Museo de Israel
donde los padres de Ilai se habían conocido.
“Mi
madre trabajó en la restauración de esta sala”, nos comentó ya dentro de la
sección dedicada a la cultura judía.
Que
fuera en el Museo de Israel donde hubiera comenzado la historia de Ilai revalorizó
el museo por completo para Ane y para mí.
***
La
primera vez que Ane y yo fuimos a Ramallah (que en árabe significa algo así
como “Monte de Alá”) salimos espantadas. A pesar de que el sargento de nuestro
Consulado nos la había pintado como una ciudad mucho más occidental que la zona
oeste de Jerusalén, a nosotras nos pareció una ciudad sin ley, extremadamente
ruidosa y en la que, a pesar de llevar faldas largas hasta los pies y los
brazos cubiertos con un pañuelo teníamos, a cada paso que dábamos, decenas de
ojos clavados sobre nosotras. Recorrimos las calles en silencio, vigilantes y
un poco a la defensiva, aturdidas por el shock
cultural que conllevaba estar en una ciudad tan árabe y sin saber muy bien
adónde ir. Cuando cogimos el autobús de vuelta comentamos que no entendíamos
cómo Ranya podía pasar tantas tardes en Ramallah y que, o no sabíamos leer un
mapa y llegar a la zona de bares en la que tan buen ambiente se supone que
había, o ese rollo no era para nosotras. Pero nuestra imagen de la ciudad que de facto es la capital administrativa de
la Autoridad Nacional Palestina cambiaría radicalmente la segunda vez que
fuimos gracias a Dana.
Dana fue un auténtico regalo que, por decirlo de alguna manera, nos dejó en herencia
Caupo, uno de nuestros antecesores como becario en el Consulado, y por el que
le estaremos eternamente agradecidas. Y es que Dana sería una de las personas
que más marcaría nuestro paso por la región. Cuando Caupo y Ane quedaron en Las
Arenas, en Bilbao, para que éste le contara a mi amiga su experiencia y le
diera algún que otro consejo, le habló de Dana y le dijo:
“Ya
la conocerás”.
Ni
Ane ni yo comprendimos por qué se limitó a soltar ese “ya la conocerás” en tono
profético. ¡Como si fuera tan fácil conocer a una palestina de Ramallah
viviendo de forma improvisada en Jerusalén! Pero apenas unas horas con Dana bastarían para entenderlo.
Dana era una chica de veintiún años que había hecho su Erasmus en Bilbao un año y
medio antes de que la conociéramos nosotras –período en el cual forjó su
amistad con Caupo– y que hablaba un español perfecto con el que empezó sólo desde
su estancia en España, lo que tiene un mérito increíble. Al parecer, desde
Caupo, Dana se dedicaba a contactar con todos los becarios que pasaban por el
Consulado para darles la bienvenida a Palestina y que tuvieran a alguien por la
zona. Aunque no todos la seguían, decía, como la chica que fue antes que
nosotras que, además, “se puso una foto de perfil con un soldado de las IDF
(Fuerzas de Defensa de Israel)”, según nos contaba con cierto pesar. “Creo que
no quería tener amigos palestinos…”, cavilaba. Aun así, ella seguía contactando
con todos, procurando que se sintieran como en casa. Ésa forma de ser tan
hospitalaria de esa cultura… Poco a poco fuimos entendiendo el porqué de ése
profético “ya la conocerás”.
Nos
encontramos con Dana en la rotonda de Manarah, donde habíamos quedado. No fue
difícil identificarla: era de las pocas mujeres que no llevaba velo. Lucía sus
rizos castaños al aire, unos rizos definidos y que apenas pasaban la altura de las
orejas que, junto al piercing que llevaba en la nariz, le daban un aire muy
distinto al de su alrededor. Sus ojos eran de un azul celeste que contrastaban enormemente
con su tez morena; de esos ojos azules que cuando te los encuentras en alguien
de Oriente Medio son como agua en el desierto. Vestía vaqueros y una camiseta
de manga corta ajustada. Ane y yo no nos explicábamos por qué Dana y su look no parecían desentonar en el
ambiente, mientras que nosotras, que habíamos hecho todo lo posible por
mimetizarlo, salíamos de las mismas calles repasadas de arriba abajo.
Echamos
a andar mientras nos presentamos. Poco después nos comentó que esa misma noche tenía
una fiesta con unos amigos y nos invitó a ir con ella. Era jueves y a la mañana
siguiente entrábamos a trabajar a las nueve, no teníamos ni idea del horario de
los autobuses de vuelta –y, a pesar de que ya habíamos hecho la caminata de
Belén a Jerusalén no estaba en nuestros planes hacer lo mismo desde Ramallah–,
la situación estaba un poco complicada entre palestinos y fuerzas israelíes por
los rezos en la Explanada de las Mezquitas y acabábamos de conocer a Dana. Aun
así, tanto Ane como yo dijimos en seguida que sí.
Nos
enseñó el casco antiguo de Ramallah, que no tenía nada que ver con las calles
anárquicas que habíamos visto nosotras por nuestra cuenta, señalándonos un par
de sitios donde bailar salsa. Nos contó que estudiaba ADE y que quería vivir en
España. Al cabo de un rato, cogimos un taxi con Dana y fuimos al SnowBar.
SnowBar era un pequeño oasis donde sonaba “Despacito” casi sin parar, alejado
del follón de la ciudad y donde muchos jóvenes palestinos poco convencionales
se reunían acompañados de cerveza. Estaba en un pequeño jardín decorado de
manera muy original y tenía una piscina donde se celebraban fiestas de vez en
cuando. Ranya ya nos había hablado de él. Por aquél entonces no teníamos ni
idea de la cantidad de buenos momentos que pasaríamos en SnowBar.
Ahmed apareció en nuestras vidas maldiciendo y farfullando en un español poco fluido:
“Puta Palestina, ¡no hay trabajo!” Acababa de volver de una entrevista que se
veía que no había salido todo lo bien que esperaba. Se sentó con nosotras,
pidió una cerveza y sacó un cigarro mientras nos pedía perdón insistentemente
por su estado de ánimo, explicando su desilusión. Ahmed había estado de
Erasmus en Bilbao a la vez que Dana, y también era amigo de Caupo. Nuestros
nuevos amigos palestinos no tardaron en ponerse melancólicos con mi amiga Ane
recordando Bilbao. A diferencia de Dana, Ahmed no se había tomado el español
tan en serio como su amiga, pero de vez en cuando soltaba alguna que otra
expresión que recordaba de su Erasmus o que había aprendido viendo la serie Narcos.
“Yo
soy Pablo Escobar: ¿plata, o plomo?” repetiría con su acento palestino durante
todo el verano.
Ahmed era muy menudo. Tenía barba y solía vestir con camisa. Era espontáneo,
desvergonzado, descarado y sagaz. Un auténtico terremoto. Y tremendamente
divertido. Hablaba rápido, como tropezándose con sus propias palabras, que
parecían un obstáculo a sus ganas incontenibles de terminar con lo que
estuviera contando para pasar a otra anécdota más. Nos presentó a la cerveza
palestina que más orgullo le generaba, Shepperds,
diciendo que era la cerveza de Jesús porque el logo tenía la imagen de un
pastor que evocaba en cierto modo la imagen del nazareno.
Lo
único a lo que me costó hacerme de Ahmed fue su forma de conducir, que se
extiende a la forma de conducir de todos los palestinos. Primera noche en
Ramallah, nada más conocerles, yendo de un bar a otro: Enrique Iglesias sonando
al máximo volumen que permitía el coche; Dana, Ane y yo en los asientos
traseros mientras Dana cantaba a voz en grito y daba golpes en el techo del
vehículo; Said, el mejor amigo de Ahmed, de copiloto; y Ahmed conduciendo
mientras bebía, cantaba, y fumaba un cigarro. No sé a qué velocidad íbamos y
creo que prefiero vivir ignorando ese dato. Ane y yo más tarde comentaríamos que
habíamos llegado a temer de verdad por nuestras vidas y cómo ambas nos habíamos
imaginado lo que pensarían nuestros padres –a los que había costado mucho
convencer de este destino– al enterarse del trágico a la par que inesperado
final de la vida de sus hijas. Aun así, he de reconocer que llegó un día en el
que Ane y yo terminamos por perder el miedo a los viajes en el coche de Ahmed y que acabamos incluso asomándonos por la ventana, melenas al viento, cediendo
ante la imprudente y desenfadada vida de nuestros amigos palestinos.
***
A
Saleh le conocimos en la bulliciosa calle de Salah Al-Deen, yendo a sacar
dinero. Todo fue culpa de una mesita a la entrada de una tienda de café en la había
un cartelito que decía: “Free Coffee”. Yo me paré curiosa: uy, café árabe; el
dueño de la tienda salió amable: ¡probad, es gratis!; Ane me miró dubitativa:
Ana, vámonos… Pero Ranya nos había advertido de que los árabes eran así,
hospitalarios, charlatanes, abiertos, generosos, y de que no nos sorprendiéramos
de que nos ofrecieran su ayuda o de que nos invitaran a cosas sin ningún móvil
o interés más que intercambiar un rato de conversación. Por eso al final nos
tomamos no uno, sino dos vasitos de café árabe y probamos tres tipos de
chocolate diferentes. Tardamos más de tres horas en ir al banco.
La
tienda de Saleh era pequeñita. Más bien era un pasillo estrecho y alargado,
con paredes de piedra. Cada pared estaba repleta de repisas llenas de todos los
tipos de café posibles y de múltiples variedades de chocolates y dulces, árabes
y de muchos otros tipos. Siempre que íbamos a ver a Saleh él se apoyaba en una
pequeña mesita y mientras charlábamos sus manos jugaban con los granos del café
aún sin moler. Era tan característico de él que el día en que nos despedimos le
pedí llevarme un puñadito de esos granos en una bolsita, para recordarle.
Saleh había estudiado un máster en Derecho internacional en Italia, por eso tenía un
rollito un poco más europeo que cualquiera que pudiera pasar por Salah Al-Deen.
A mí me llamaban especial atención sus zapatos y su forma de peinarse. También
había veces en las que gesticulaba demasiado y cuando no encontraba sitio donde
aparcar decía improperios en italiano. Era alto y fuerte, y tenía unos treinta
y cinco años. Y era una auténtica enciclopedia. Había trabajado en organismos
internacionales y había escrito alguna vez para Al Jazeera. Con Saleh aprendimos de historia, de relaciones
internacionales, de la cultura y tradición árabes. Seguramente fue el palestino
con el que más pudimos hablar del conflicto israelo-palestino y de la situación
política de la región
Además
de vender café en la tienda de su familia, nuestro amigo era novelista. Como escribía
en árabe no pudimos ver más allá de su extraña caligrafía, pero él nos relataba
sus historias ilusionado e interesado en nuestra opinión. Poco después de irnos
nosotras de Jerusalén le publicaron una novela que llamó “Mil miradas perdidas”.
Fue Saleh quien nos descubrió a Ane y a mí la existencia del kunafeh.
Creo que no existen palabras para describir el kunafeh. Es un postre típico de
Palestina maravilloso. Consiste en una especie de pastel hecho de algo como los cabellos de ángel, mantequilla, un queso similar a la mozzarella, almíbar y
pistacho molido. Nos llevó a un sitio de Beit Hanina que habían abierto
recientemente y que Ane y yo volveríamos a visitar con cualquier excusa que se
nos ocurriera. Entre el kunafeh y todos los bombones y dulces que nos daba a
probar cada vez que le íbamos a visitar a su tienda, Saleh nos condenó a
abortar cualquier posible amago de operación bikini que hubiéramos hecho ese
verano.
Después
del kunafeh, Saleh nos llevó a fumar cachimba, el plan por excelencia. Entre
bocanadas de un humo afrutado nos explicó todo tipo de curiosidades de su
cultura. Con Saleh aprendimos que la palabra “asesino” procede del árabe “hashishin”
y que antiguamente se refería a la secta religiosa chií-ismaelita de los
nizaríes, o el significado de la llamada al rezo que nos perseguía cinco veces
al día. Ane y yo le escuchábamos y preguntábamos fascinadas, aunque Saleh siempre
se preocupaba porque se pensaba que me estaba durmiendo.
“Que
no, Saleh, ¡es mi cara de concentración!”, explicaba una y otra vez.
Saleh también fue la persona que con más ilusión seguía nuestros escasos avances el
idioma. Cada semana nos animaba a enseñarle lo que habíamos aprendido en la
última clase. Intentó (aunque en vano) enseñarnos a escribir y nos regaló a
cada una un libro de árabe para niños. Insistía orgulloso en que, de quedarnos
un año, no tendríamos ningún problema para defendernos en su lengua.
Visitar
a Saleh significaba salir de su tienda tras recibir un cumplido, un chocolate,
un café y una lección (o varias) sobre cualquier tema, un montón de risas y las
reflexiones de un novelista. Ningún local de toda la calle Salah Al-Deen ofrecía
nada que permitiera compararlo al estrecho pasillo del negocio familiar de Saleh.